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Soy humano y considero que nada humano me es ajeno.
Homo sum : humani nihil a me alienum puto.

Publius Terentius Afer (195/185–159 BC)
Terence the Niger (African writer in early Rome)

Alrededor de doscientos años antes de Jesucristo, el pensador romano Terencio el Negro configuró en terminos abstractos esa parte en común que compartimos todos los seres humanos.

En lo personal he sentido esa cita como una constante a lo largo de toda mi vida, pues nací en 1957 en México, de abuelos españoles y mexicanos. Mis raíces indígenas y europeas me han anclado y seducido por igual; he sido un enamorado de la cultura occidental pero me fascinan los logros técnicos de las civilizaciones precolombinas cuyos origines se extienden hasta China, y me ha influido la corriente humanista judío-cristiana al mismo tiempo que me han atraído los aspectos éticos de la armonía, integración y la no violencia de la filosofía oriental. Además he vivido por muchos años en forma paralela en Estados Unidos y en México (juntos, son mi gran país).

 

Pero si antes de las ultimas Navidades yo racionalizaba intelectualmente en forma abstracta lo ecléctico de mis atracciones culturales, ahora tengo pruebas concretas de que realmente nada humano me es ajeno.

El año pasado, al hacer la investigación necesaria para la escritura de un libro basado en la historia de mi familia, solicité un análisis ancestral de mi ADN. Ese tipo de exámenes es uno de los más interesantes avances que ha hecho la ciencia en el siglo XXI -aunque de hecho las ideas originaron en el XX- y son elaborados en base a la raíz genética de cada individuo.

Al recibir los resultados confirmé varias hechos que ya conocía o sospechaba, pero descubrí muchos otros que me sorprendieron.

Descubrí que mis raíces ancestrales no se encuentran solamente en México y en España, como yo creía: se extienden básicamente a todo el mundo. Soy un verdadero mestizo, de cabo a rabo, con una mezcla de genes que provienen de todas partes: por mis venas corren los genes de los indios nativos de América, al igual que los genes de los españoles que los vencieron y los sedujeron para crear nuevas razas (o sea a mi): llevo genes de africanos, de ingleses y de judíos, e incluso de mongoles y de chinos.

Los porcentajes de mi análisis genético son como sigue:

Tengo un 63% de genes Europeos (Ibéricos 38%, Italianos/Griegos 8%, Europa del oeste 7%, Gran Bretaña 7%, Finlandia y Noroeste de Rusia < 1% , Irlanda < 1% )

24% de Americanos (de los indígenas naturales de América, o sea Azteca, Maya, Siux, Apache, Otomí, etc.)

4% de Africanos (del Magreb, o sea Egipto, Algeria, Libia, Tunisia y Moroco).

7% de Semitas (de judíos Europeos y del Medio Oriente)

1% del Caucaso

1% de Asia

Es decir, mi genes provienen de casi de todo el mundo.

Mis raíces directamente judías, como yo descubrí en forma independiente, provienen de judíos sefarditas y de parte de mi madre. De acuerdo a los registros publicados por Sephardim.com, los apellidos Dávila y Alfaro son de origen Sefardita. El apellido materno de mi madre fue Dávila. El apellido materno de mi abuelo materno fue Alfaro.

El análisis genético confirma gratamente lo que yo ya presentía. Confirma que cuando Platón describía a los ciudadanos de su República, me estaba describiendo a mi. Cuando Jesús expulsó a los mercaderes del templo, estaba hablando por mi y estaba expresando mi ira. Cuando Buda describió la forma de eliminar el sufrimiento por medio del conocimiento, me estaba protegiendo a mi. Cuando Martin Luther King habló de guiar a su gente a lo alto de la montaña, me estaba guiando a mi también. Todos ellos se referían a mi porque soy igualmente parte de ellos en forma concreta, no abstracta: son mi gente de forma directa. Sus creencias y su suerte histórica son las mías, desde la ambición de controlar a la naturaleza que existe en la filosofía occidental, hasta el deseo del pensamiento oriental de integrarse con ella. Cuando los judíos lloran ante el muro de los lamentos, sus lágrimas son mías, y cuando los palestinos reclaman una tierra donde vivir, su reclamo también es el mio. Cuando los chinos inventaron el papel y la imprenta y la pólvora, sus logros son los mios, igualmente que lo es toda la estructura científica que dio origen a la revolución industrial del siglo XIX y particularmente la revolución digital de finales del siglo XX y principios del XXI.

En verdad estoy orgulloso de decir que nada humano me es ajeno.

Porque dicho en otras palabras, todo lo humano me pertenece. Y eso me hace sentir uno de los hombres más ricos de la tierra.

 

Florida, Mayo de 2015