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Traición a la Patria



Victor Celorio



En 1987 tuve que salir exiliado de México debido a la presión política desatada en mi contra por el gobierno. Como pude comprobar muchos años después, la vida de mi esposa Leslie y la mía estaban en riesgo. Había recibido múltiples señales que me llegaron entre otros, por via de los policias mismos que me estaban siguiendo y que me pararon un par de veces para verificar que yo no cargaba armas.

 

Estos temores fueron corroborados 34 años después, en el 2019, gracias al descubrimiento de un legajo con 18 fojas que fueron escritas por espías de la Dirección Federal de Seguridad del gobierno y que describen mis actividades en aquellos años, como sindicalista y como escritor.

 

 

 

Todo eso es lo que el Instituto de la Transparencia ha encontrado hasta el momento en los archivos que son guardados ahora en los sotanos de la antigua Lecumberri. Todavía no recibo una copia del "legajo", pero allí está, como lo comprueba esta carta que recibí del Instituto de Transparencia.En los años inmediatamente anteriores a mi partida, mis actividades como sindicalista a partir del 1980 me habían llevado a liberar a muchos obreros de los sindicatos blancos que los “representaban” en las negociaciones con las empresas.

 

En ese año de 1987, junto a mi querido amigo y compañero Salvador Garrido, encabecé una marcha de miles de trabajadores que partió de la fábrica textilera FISISA, - que estaba en Calzada Acoxpa junto al Estadio Azteca-, para cruzar toda la ciudad siguiendo el viaducto Tlalpan hasta llegar a la Secretaría de Programación y Presupuesto, donde Carlos Salinas era el secretario y promovía una ley anti-obrero.

Esto ocurrió unos meses antes de su destape como candidato presidencial.

 

Paralizar Viaducto Tlalpan en esos años era extraordinariamente peligroso. Muchos sindicalistas murieron por menos, puesto que el priismo de aquellos años tenía el poder absoluto en la política mexicana. Como referencia, unos años antes, López Portillo se postuló a la presidencia sin ningún competidor... y “ganó” con el 99 por ciento del voto.

 

Ni siquiera los barrenderos podían trabajar sin la autorización del “Sr. Licenciado”. Faltaba más.

 

Parar Viaducto Tlalpan fue un acto casi suicida de los trabajadores textileros y mío propio, pero que era necesario para negarle el poder absoluto al priismo. Durante la marcha, provocadores del gobierno se acercaban a mi y a mis compañeros para retarnos o insultarnos abiertamente con la esperanza de que yo o alguno de los trabajadores respondiera a golpes, y luego utilizar eso como excusa para reprimir la marcha.

 

Afortunadamente sabiamos que eso era lo que buscaban y supimos diciplinarnos y cumplimos con nuestro cometido. Llegamos a Programación y Presupuesto y después de unas horas de presión Carlos Salinas se vio obligado a sacrificar la ley que promovía.

 

Posteriormente, las tejedoras de una fabrica ubicada en Chalco llamada Creaciones Vitti - a quienes yo asesoraba para liberarlas de su sindicato blanco que estaba a cargo de un tipo asqueroso de la CTM que las explotaba y las robaba más que nadie- hicieron un paro-flash, como le llamaríamos ahora,

 

Lo sorprendente y gratificante fue que los trabajadores de todo tipo de industrias y comercios en Chalco, desde la cremería hasta la cuchillería, se unieron a nuestro llamado y pararon labores a motu propio para apoyar a sus esposas, novias e hijas que trabajaban en Creaciones Vitti.

 

El paro de Chalco fue un acto mucho más delicado que la marcha de Tlalpan, pues pudo ser fácilmente tachado de ser un levantamiento armado, y el PRI habría respondido con el ejército. De hecho, personajes extraños y desconocidos llegaron a ofrecerme ametralladoras y rifles en el momento del paro, para “apoyar la revolución”. Pero sospeché que eran provocadores enviados para propiciar la violencia abierta, y les ordené que se fueran de alli. Cinco horas después, la CTM llegó con dos camiones llenos de vagos y teporochos, armados con palos, para persiguir a los trabajadores, pero el paro ya había terminado así que solamente se encontraron un pueblo desierto.

 

Ese paro de todo Chalco me valió ser expulsado del Congreso de Trabajo y del sindicalismo, por órdenes directas de Fidel Velazquez.

 

Finalmente, como una afrenta más al gobierno, en 1985 escribí El Unicornio Azul, mi primer novela que escribí con personajes creados vagamente modelados en el conflicto existencial y político que se derivaba del hecho de ser un escritor sindicalista mexicano casado con una académica estadounidense, con doctorado en Humanidades.

 

Encontré que nuestra relación amorosa, magnificada y con los cambios necesarios, era un reflejo casi perfecto de las relaciones entre Estados Unidos y México en ese momento.

 

Todos esos hechos que ocurrieron mucho antes de las movilizaciones de López Obrador en la CDMX, me provocaron la enemistad del gobierno priista de México.

 

A partir de esos hechos una sombra negra se hizo presente en nuestras vidas.

 

Leslie y yo viviamos en la Carretera a Cuernavaca, en una casa que construímos con nuestras manos y la ayuda de un albañil y su peón, en el Kilómetro 32 de la Carretera Federal a Cuernavaca.

 

 

En esa casa ubicada en el el centro de un paraje brutalmente hermoso, Leslie y yo estabamos completamente desamparados.

 

 

 

 

Tanto asi que conseguí un rifle calibre 22 para defendernos de alguna invasión. Pero el mismo día que estabamos practicando a disparar el rifle comprendi en algun momento que era muy irresponsable y un despropósito de mi cuenta estar exponiendo la vida de mi mujer de esa forma.

 

Al día siguiente saqué a Leslie de México y unos meses después seguí la misma ruta.

 

En 1988, salí del país que tanto he querido y tantos corajes me ha provocado. Y perdi todo.

 

Pero afortunadamente encontré refugio en Gainesville, Florida, ciudad natal de mi esposa donde nos dieron la bienvenida sus maravillosos padres, Ruth “Bobbie” Lambert, Doctora en Humanidades al igual que mi esposa, y Roy Lambert, Doctor en Lenguas.

 

Ambos profesores eméritos del Santa Fe College y de la Universidad de Florida. Gente noble y buena y de una sola pieza. A ambos los llegué a querer tanto como si fueran mis padres directos. Y con el transcurso de los años llegue a querer a Estados Unidos tanto como a México. Tanto así, que 30 años después obtuve la ciudadianía estadounidense cuando pude hacerlo sin perder mi condición como mexicano. Esa fue mi forma de agradecer todas las atenciones.

 

Menciono todo esto para sustentar un punto: que una vez en el exilio, a pesar de que me presionaban diferentes grupos de amigos y también de mis familiares gringos y no, encontré que me era imposible escribir en contra de los gobiernos de México.

 

La idea de criticar a mi México desde el corazón del monstruo que nos había invadido por lo menos 3 veces y que nos había declarado la guerra para anexarse Texas, Arizona, Nuevo México y California, resultó paralizante.

 

Tenía yo toda la justificación política, moral y ética, combinada también con las cicatrices de la experiencia directa, para escribir no uno, sino muchos libros y articulos denostando al gobierno de México ante el gobierno de Estados Unidos, y solicitar su ayuda. Después de todo, eran parte de mi familia...

 

Pero simplemente NO PUDE. Cada vez que me sentaba a escribir algo contra el gobierno y pedir la ayuda de Estados Unidos, las palabras se me atoraban en el cerebro.

 

Después de mucho analizarlo me di cuenta que lo que me detuvo fue comprender que hacerlo sería actuar como José María Gutiérrez de Estrada que rogó a los franceses que enviaran a Maximiliano como Emperador de México; o como Lorenzo de Zavala que apoyó la independencia de Texas y la posterior guerra contra México; o como Victoriano Huerta que se confabuló con el embajador Lane para asesinar a Madero y su familia.

 

Para mi era - y lo sigue siendo - el equivalente a traicionar a la patria.

 

En esos años en el exilio escribí otros 4 libros que en conjunto han sido descargados más de un millón de veces de mi sitio web, pero en ninguno de ellos pude criticar directamente al gobierno de México. Tuve que regresar en 1994 para poder escribir Proyecto México, donde hice una crítica filosófica y política del Gobierno Propietario que ejemplificaba el PRI.

 

Por esa parálisis que a mi tanto me afectó en el exilio, me llevé una sorpresa tan enorme y tan desagradable al leer el texto de Enrique Krauze en el New York Times.

 

Tranquilamente, este editor mexicano escribió, con la mayor facilidad y un cinismo aún más grande, un artículo donde critica al gobierno de López Obrador y pide abiertamente la intervención del gobierno de Estados Unidos en contra del presidente legal y democráticamente electo de México.

 

Krauze no le otorga ninguna importancia al hecho que él y López Obrador hayan tenido diferencias personales desde hace muchos años. Esas diferencias fueron caseras y se dirimieron en México.

 

Sin embargo este artículo y los demás publicados con esa tesitura son de otra dimensión, sumamente grave.

 

Pedir la intervención extranjera es un pecado en cualquier país, pero es especialmente injurioso en México debido a nuestra historia accidentada, llena de invasiones extranjeras que en el pasado crearon tanto sufrimiento en México.

 

Considero que con ese artículo, Krauze tiró por la borda todo lo que había ganado en su vida como intelectual honesto (si bien a la mexicana, recibiendo sin empacho todas las canonjías que el gobierno le dio) y se convirtió en un grillo deshonesto y del montón. El mismo personaje que celebró el distanciamiento intectual del poder, junto con Octavio Paz después del 1968, ahora ruega por la intervención del poder estaunidense en México...

 

Qué verguenza. Me llena de pena ajena.

 

Y me entristece. Y me encabrona.

 

Independientemente de los sentimientos o la opinión que nos provoque la presidencia de López Obrador, él fue elegido por una mayoría de mexicanos para guiar el país por el rumbo que él considere prudente. AMLO ganó la presidencia a la buena. Trabajó por 40 años para lograrlo. Muchas de sus decisiones serían mías si yo tuviera su poder, y muchas otras las rechazo de origen por mis principios democráticos.

 

Me preocupa mucho que AMLO quiera restaurar el modelo priista de la política. Pero si no nos gustan sus politicas, podemos y debemos sacarlo del poder por la única forma válida, que es por medio del voto democrático.

 

Nunca por la intervención de Estados Unidos o de Rusia o de los europeos.

 

Ni por el influencia de un vendedor de libros resentido.

 

Con ese artículo Enrique Krauze se canceló a sí mismo.

 

Qué desperdicio.